PING.
Notificación de Facebook, esa que desempolva fotos justo cuando creías haberlas enterrado en el centro de la tierra.
«Hoy hace 12 años…»
Allí estoy: Cachetes redondos. Tengo 17 años, acné + ansiedad social post-mudanza y un corte de cabello que nunca me quedó pero que yo insistía jaja.
Esta foto se salvó del botón «eliminar», pero cada vez que aparece me recuerda a todas las que sí borré. Las más «incómodas». Las que creí que no merecían seguir visibles en la red, ni en ningún lado del planeta.
Me he rechazado a mí misma por años.
Hoy la miro y me tiende la mano.
«Oye, estoy aquí sosteniendo parte de lo que eres ahora. ¿Te animas a reconocerme y seguir escribiendo juntas?»
Y entonces caigo: eso mismo hace tu negocio, tu marca, tu creatividad contigo.
Te extiende la mano desde cada versión que has sido (granitos, miedos y todo) y te invita a colaborar, no a controlar. Te recibe completa.
Durante años intenté construir mi marca personal rechazando partes de mí.
Dando la cara, sí, pero escondiendo versiones, buscando la inspiración más afuera que adentro, sintiéndome incorrecta y a veces demasiado sensible.
Venía del marketing corporativo (eventos B2B, generación de demanda, proyectos y contratos de largo plazo). Era buena en eso.
Pero también sabía que existía un marketing diferente, mucho más profundo y humano.
Desde la universidad, mis ojitos se iluminaban con el branding y la comunicación que hacía SENTIR cosas.
No los logos ni las paletas de colores, sino conexión, aha moments y significados que se construyen incluso desde lo aparentemente simple.
Así que ahí voy: una rebelde del marketing que quiere hacer branding profundo y consciente para marcas personales.
Peeero, si quería construir una marca personal, y acompañar a otras marcas personales, necesitaba observar ese conflicto interno atentamente y darle su lugar para transformarlo.
Ya no podía seguir rechazándome.
Necesitaba presencia, rendición y curiosidad.
Desde ahí, las diferentes versiones de mí empezaron a extenderme la mano para crear juntas.
Desde ahí, la Liz que de pequeña odiaba ir a la chacra y que cocinaba para varias personas para ayudarle a su mamá, mientras se peleaba con el humo y los zancudos… me recuerda mis raíces, la selva, el río y el empuje casi incansable de mi mami.
Desde ahí, la Liz adolescente que se mudó de Yurimaguas a Lima con mucha ilusión por empezar a estudiar una carrera, me enseña que los sueños que se cumplen también son incomodos, y que mirar lo que realmente siento es más honesto que intentar arreglarlo.
Desde ahí, la Liz que renunció a un trabajo estable para cruzar el océano y mudarse a Italia, eligiendo el camino largo antes que el atajo, me recuerda que no hay procesos lentos ni rápidos: hay caminos que toman lo que tienen que tomar.
Estas y mááás versiones siguen aquí conmigo.
Todas me acompañan a crear.