Nadie iba a parar si yo no levantaba la mano. Nadie podía adivinar que necesitaba ayuda. Nisiquiera podían saber que yo estaba ahí.
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Estuve parada una buena media hora en el paradero sin animarme a levantar la mano.
NO ME SALÍA!!! Mi cuerpo no colaboraba, jajaj.
Hasta que me cansé de mi propio drama y entendí que si no levantaba la mano, NADIE IBA A PARAR.
O sea, nadie podía adivinar que yo necesitaba ayuda.
Y posiblemente tampoco podían registrar que yo estaba ahí.
La cosa es que yo vivo en Italia desde hace 3 años.
Muy cerca de la ciudad de Torino, pero sirve el bus o un carro propio para llegar.
Ese día salí de casa sabiendo que ya había perdido el bus.
Ni la teletransportación podía salvarme.
Pero yo necesitaba llegar a Torino sí o sí.
Entonces me quedó solo una opción: tirar dedo con toda la fe.
Llegar a la parada fue fácil.
El drama empezó cuando los autos pasaban y yo seguía ahí…
Parada.
Levantando la mano solo en la mente, porque el cuerpo se moría de vergüenza.
Y después de un largo rato entendí algo:
Liz, nadie se va a detener solo porque estés aquí. Hay que alzar la fucking mano.
Pedir ayuda.
Presentarte.
Fíjate en esto:
El primer acto de fe fue salir igual, aunque no tuviera garantías.
El segundo, fue mostrarme y confiar en que alguien iba a parar.
Y esto también pasa cuando intencionalmente queremos construir marca personal.
No basta con sentarte frente a la compu.
Hay que alzar la fucking mano.
Presentarte.
Aparecer.
Moverte.
Esta newsletter va de eso.
De hacer saber que estás ahí.
De presentarte por eso que dijiste que te importa.
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De pequeña me moría de ganas de bailar, pero no podía.
Me dijeron (y yo les creí) que bailar era pecado.
Así que escondí durante mucho tiempo mis ganas de participar en los eventos, concursos y coreos de Axé (los hit del momentooo) que se organizaban en el cole.
Mis pequeños pies me picaban de ganas, pero la culpa podía más.
Yo iba a una iglesia, y debo decir que disfrutaba mucho siendo parte de esa comunidad. Estaba en el coro de niños, iba con mis primitas y participaba con entusiasmo en todo lo que se podía.
Todo, menos bailar.
En esa iglesia no se bailaba. Y punto.
Peeero pasaron los años, llegó la adolescencia y mis ganas no se iban.
Mi amiga Olenka (que bailaba hermoso por ciertoo) me enseñó algunos pasos de Axé, empecé a participar en los grupos de danza y eventos del colegio…
Y luego llegaron las fiestas.
Casi sin darme cuenta, la pista se volvió mi lugar favorito del mundo mundial, jajajaj
Al principio con un poco de culpa, pero luego pensé:
¿Cómo es que algo que disfruto tanto no le gusta a Dios?… ¿Entonces quién me dio estos talentos? Jajajajajaj
A esa edad muchas cosas eran confusas, pero hoy pienso que no hay nada sagrado en esconder lo que amas.
Lo verdaderamente sagrado es disfrutarlo y habitarlo.
Crecí, estudié Administración y Marketing, trabajé por años en el mundo corporativo, y después de renunciar a ese camino, vine a Italia a estudiar una maestría y a vivir mi historia de amor con un italiano que conocí en un avión, al mismo estilo de una comedia romántica, pero esa es otra historia.
Antes de todo eso, ya estaba aprendiendo algo sin saberlo.
Lo fácil que es empezar a esconder partes de ti para encajar, lo rápido que aprendes a callar lo que amas, porque otros lo juzgan, tú te culpas… y en verdad es sumamente confuso tratar de agradar a todos.
Hoy trabajo con marcas personales, pero lejos de ayudarte a verte «más profesional».
Quiero ayudarte a dejar de esconderte, a permitirte ser vista, a crear sin pedir permiso, a vender con ilusión, estrategia y honestidad.
Porque no se trata solo de cómo te ves.
Se trata de cómo te habitas mientras entregas eso que viniste a contribuir al mundo.
Y en el camino, bailemos.
Habitemos el cuerpo, porque él es muchas veces el que sabe antes de que la mente entienda.
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